Se me ha hecho
costumbre repetir, en clase, que «para comprender lo político hay que pensar
políticamente». No es una idea genial; no es, siquiera, original. Sólo me
resulta básica, esencial. A los políticos —y a su hacer, lo político o la
política— sólo podemos entenderlos pensando como ellos. ¿Y cuál es su secreto?
¿Cuál es su axioma? Engañar. Lograr que alguien les compre lo incomprable.
Cosas como que «mañana haremos de este país una potencia mundial y acabaremos
la pobreza», decía el señor aquél; o «la Venezuela de hoy está dividida,
partida en dos, polarizada, y eso es culpa del gobierno, porque antes los
venezolanos no éramos así, y nosotros —es decir, el muchacho aquél, el de la
gorra— cuando ganemos las elecciones, sí construiremos un país para todos los
venezolanos».
Los dos mienten.
Y si los
políticos engañan y para entenderlos hay que pensar como ellos, ¿cómo más hay
que pensar? Se me ocurren dos ideas, dos conceptos también básicos: primero, en
política no hay buenos ni malos; y segundo, el ejercicio de lo político se
concreta en el ejercicio del poder.
Vitoi —mi hijo
de 6 años que ya juega Mass Effect, y
Halo 1, 2 y 3, y el que le siga; y Gears of wars, y quién sabe qué otra
encantadora invención de ese calibre—; Vitoi tiene un código para explicarlo
todo: él es el bueno. Y todo el que se le enfrente en esos juegos —rusos,
chinos, venezolanos o extraterrestres— son los malos. Si alguno de ustedes
piensa lo político venezolano, e incluso lo mundial, como Vitoi se justifica a
sí mismo en su virtualidad de videogamer, entonces comparte con él su pensamiento
infantil. La dicotomía más simple, y la que menos explica lo real —los buenos son
buenos, los malos son malos— es cosa de niños.
Los rojos no son
los buenos y los azul-amarillo no son los malos. Ni los rojos, malos, y los
otros buenos. Si usted aún insistiera en encajonar la complejidad de lo real en
palabras tan científicamente insuficientes, escasas, insignificantes, como
bueno y malo, entonces lo más sensato —en medio de todo— sería concluir que
ambos son iguales. Igual de malos.
La búsqueda del
poder no se me hace, para nada, distinta a la búsqueda del santo grial. ¿Y qué
haría usted, qué haría el interesado para encontrar esa maravilla de la
arqueología y la civilización que es el santo grial? Usted —y aquí viene otro
concepto importante— usted haría «lo que sea», para encontrarlo o para acceder
al poder, y para sostenerlo o recuperarlo en caso de haberlo perdido. Suelo
decir a los estudiantes que piensen en tantas cosas como caben en «lo que sea».
Todo. Engaños como mínimo. Crímenes de todo tenor: desde perseguir, arruinar,
encarcelar, exilar o asesinar a tu opositor; hasta practicar genocidio, lenta y
sistemáticamente, como los nazi en la segunda guerra mundial, o los españoles,
los ingleses, los franceses, los holandeses y los portugueses —en África, Asia,
Oceanía y América— desde 1492 hasta buena parte del siglo XX, y, en algún caso,
hasta el sol de hoy; o lanzar, de
sopetón, dos bombas atómicas, en unas islitas del Pacífico, aún después de que
la guerra estaba ganada, desde 1944, como lo hizo Estados Unidos en Japón, un
año después, para probar si las bombas realmente funcionaban.
Paréntesis.
Si alguno de
ustedes quisiera ver cómo opera un príncipe, digamos contemporáneo; es decir,
un gobernante, primer ministro o presidente de hoy —estoy pensando, por
supuesto, en Nicolás Maquiavelo y su conocido libro, El príncipe—; si alguno de ustedes quiere un ejemplo más o menos cercano, vea la película Lincoln, de Spielberg, en la que
Lincoln —en sus propias palabras— dice usar todo su inmenso poder para que el
congreso finalmente apruebe la abolición de la esclavitud. ¿Y cómo lo hace,
cómo lo logra? Mediante la corrupción. Gracias a la compra del voto de más un
congresista que se vende por dinero y por un cargo. O infórmese, en detalle, de
cómo se han comportado, en el ejercicio del poder, hombres y mujeres tan
aparentemente diferentes como Fidel Castro, George Bush, Lula da Silva, Maragret
Thatcher, Hugo Chávez, Augusto Pinochet, Carlos Andrés Pérez, Oscar Arias, Marcos
Pérez Jiménez y Juan Vicente Gómez, Bill Clinton, Barack Obama, Adolfo Hitler o
el mismísimo Nelson Mandela. Eso, digamos, en retrospectiva, mirando atrás.
Pero si a usted le gusta la prospectiva, llamémosla «futurología», bien podría concluir
que un Nicolás Maduro o un Capriles Radonski se comportarán exactamente igual.
(Igual lo haría hasta esa pobre señora que anda porâi pidiendo ayudaîtas. E
igual tendrían que haberlo hecho Irene Sáez o Lady Di, como sí lo hizo, por
ejemplo, Violeta de Chamorro en la Nicaragua postsandinista de los años 90. La
necesidad de este largo énfasis radica en que hombres y mujeres, «buenos» y
«malos», en el ejercicio del poder, siguen un patrón: el patrón del poder.)
Cerrado el paréntesis.
De entre muchas
posibles, nos quedan dos ideas.
La primera, sin
la personalidad avasallante del líder fundacional, el gobierno venezolano
actual ha comenzado a perder parte de su atractivo para inversionistas —llamémoslos
alternativos— en estos patios, en esta área de influencia o «espacio vital» básicamente
estadunidense. Sobre todo China comenzó a condicionar créditos e inversiones
apenas el presidente salió del escenario público. Aunque el ministro de
petróleo haya dicho que, por ejemplo, la política petrolera se mantendrá tal
como la concibió el líder, y aunque el gobierno fuera ratificado en las
siguientes elecciones de abril, durante los próximos meses el Estado venezolano
comenzaría a recibir presiones internacionales que, un presidente sin brillo
propio como Maduro, no negociaría en condiciones semejantes a las anteriores.
La segunda idea es
la campaña electoral. El tema del momento. Básicamente, otra vez, nuestro
momento político.
Desde el martes
5 de marzo, a las 4.25 de la tarde; incluso, desde antes del 8 de diciembre de
2012, estamos en campaña electoral. Nunca, ningún pueblo, ha vivido de campaña
en campaña como nosotros en este principio del siglo veintiuno. Profesor, pero
eso es democracia, alguien podría decir. Sí, es cierto, me vería forzado a
responderle, pero también es cierto que la democracia no se agota en lo
electoral, y que el gobierno rojo ha conducido un Estado tan abultado y, en
consecuencia, tan violatorio de la democracia como cualquiera de los gobiernos
anteriores, y, sospecho, de los posteriores.
Estamos en
campaña, pues. Y ya hemos visto que va siendo y será una de las menos
higiénicas y de las más indecorosas, por no decir mortuorias, que hemos
conocido.
Es una campaña
de pasiones que he seguido, para mi propia sorpresa, por facebook. No hay
programa político ni de gobierno en la oferta de los candidatos. Dimes y
diretes, sí. A mí se me ocurre sintetizarla —y perdonen el exceso de realidad—
con dos fotos que vi en facebook.
En la primera,
Maduro —que se mantiene en el poder producto de su conveniente silencio sobre
la salud e incluso, quizá, sobre la fecha real de la muerte del presidente, la
cual queda más en entredicho a propósito de un embalsamamiento que todo parece
decir ya se llevó a cabo[2]—, Maduro,
pues, incapaz de ser candidato por sus propios fueros, y a la sombra del
gigante, lleva la urna a cuestas. Maduro, con su estrategia electoral, me
recuerda al Django original, no la de
Tarantino de 2012, que acaba de ganar Oscar, sino la de 1966, en la que Franco
Nero, el protagonista, bajo la mirada de asombro de todos, arrastra un ataúd
con el que entra a los bares y posadas, y recorre las calles polvorientas y se
enfrenta, a punta de revólver, a los malos. La gente compadece al pobre Django que
lleva ese cadáver de arriba a abajo, pero lo que no saben es que lo que en
realidad lleva es el arma más letal inventada para ese momento, a mediados de
la década de 1880: una súper arma, una súper ametralladora. Así, Maduro se
mueve a la sombra del gran líder, y contribuye a consolidar el mito, al tiempo
que asistimos al establecimiento —en tiempo real— de una nueva religión, civil,
eso sí; y Maduro, junto a los herederos del héroe, gracias al manejo de la
sensibilidad real, y de la sensiblería y de los intereses políticos y
económicos de más de uno, seguiría en el poder.
La otra foto es
menos dramática y, me sorprende, menos difundida. Apenas se ve un borroso Capriles
saltándose toda la normativa, todos los presupuestos del llamado derecho
internacional. En la foto, Capriles violenta la soberanía del territorio
cubano, y entra, sin permiso —como mandan los principios básicos de la guerra o
de un golpe de Estado clásico— después de haberle cortado, a la embajada, el
suministro de la luz y el agua. En estas andanzas, es mucho lo que Capriles me
recuerda al primer James Bond con Daniel Craig, Casino Royal, cuando «M», la jefa, acalorada e indignada, le
reprocha a Bond: «atacaste una embajada, violaste la única norma del derecho
internacional que todo el mundo cumple». Bond y Capriles, como almas gemelas, malhechores
planetarios.
La campaña de
Capriles ha consistido, hasta el momento, en acusar a Maduro de usar la imagen
de Chávez. Obviamente Capriles está en la razón. Pero tampoco él deja de
mencionarlo, y, a diferencia de Maduro, en este minuto, a Capriles no le
beneficia hacerlo. De manera que, como suele suceder con líderes tan complejos,
tan venerados y tan odiados, tras su muerte, está más presente que nunca en
esta campaña electoral.
Por mi parte,
preferiría que ganara ninguno de los dos. Pero eso no va a suceder. No existe
el masivo voto en blanco que nos viene de la lucidez de Saramago. Maduro tiene los votos del héroe que, gústele
a usted o no, se conectó con las mayorías populares venezolanas, y
latinoamericanas, y de un poco más allá; y esos venezolanos —por punto, por
saña, por desquite de quien sabe que empieza a perder terreno— vienen y dicen,
«ahora más rápido voto contra ellos», contra la oposición. Además de esos votos
medio nostálgicos, casi románticos y bastante llorosos, los rojos cuentan con
la maquinaria electoral que mueve la mayoría de las gobernaciones ganadas en
diciembre; y cuentan, también, con el presupuesto del ingreso petrolero y las
obras de gobierno que pudieran ejecutar o prometer en lo inmediato. Por esto
era tan conveniente que Maduro, y no el presidente de la Asamblea, fuera el
presidente encargado.
Capriles, por su
parte, me sorprendió con el inicio de la campaña, y me pareció un interesante
salto adelante. Con un discurso entre retador y agresivo —así, como guapetón de
barrio, como muchachito malcriado o como el acosador de tontos, el que hace
bullying en el colegio o la universidad—, removió las ganas de sus partidarios
al provocar a un verbalmente poco habilidoso oponente. Y veo algo interesante.
Los líderes de la oposición —que no son ningunos recién llegados al mundo de lo
político y saben, realmente, cómo se cuece el oficio— siempre manejaron el
triunfalismo como principal recurso electoral —«somos más», o algo así decían—
para, después, al perder, decir: «las maquinitas nos hacen trampa». Recuerdo,
por ejemplo, que Manuel Rosales nunca se quejó del CNE, aquí, en la ciudad,
porque él siempre ganaba. O el mismo Capriles, que volvió a ganar en Miranda y
que en las presidenciales de octubre de 2012 llamó a la calma al tiempo que
decía que el CNE no le hizo trampa. Lo cierto es que, en general, los líderes
de la oposición mienten con lo de la trampa en el CNE. Pero la trampa del
gobierno —que sí que la hace, también lo sabemos— la ha hecho, por ejemplo, antes
de las elecciones, cedulando a votantes seguros, como chinos y de otros países.
Al parecer, contra todo pronóstico, desde el CNE no es posible la trampa, al
menos no la masiva al momento de contar los votos.
La diferencia
que noto hoy es que no veo el triunfalismo como estrategia de campaña, sino,
más bien, cierta victimización, y, aunque no sé si eso servirá para ganar unas
elecciones que no se les ven fáciles, me parece acertado el manejo de cierto
aire de dignidad del «pequeño» opositor frente a un agigantado Estado en manos
de los rojos.
Para terminar.
Ver lo real es
darse cuenta de lo estéril de lo real. De lo que de rústico y agreste hay en lo
real. Me gusta decir, como el Morfeo de Matrix,
«Bienvenidos al desierto de lo real». Y esto implicaría que usted, que
tiene un color político definido, en la medida en que quiera «pensar
políticamente», siga apoyando a su bando o su partido aun sabiendo que en
política no hay ingenuos ni bienintencionados ni, menos aún, santos.


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